[DIFUNDE TU FE CATOLICA] Centenario de la entrada en el Cielo de Jacinta Marto, Vidente de Nuestra Señora de Fátima

Nota di Radio Spada: continua come sempre la sua collaborazione con Radio Spada il carissimo amico Juan Diego Ortega Santana, titolare del blog sicutoves.blogspot.com. Si tratta della prima rubrica radiospadista dedicata al pubblico spagnolo e ispanofono che ci segue da anni con grande[ simpatia ed affetto. Un sentito ringraziamento all’amico Juan Diego, vero cattolico integrale,  che in molte occasioni ci ha testimoniato il suo affetto e la sua stima. Pregate per Lui. Buona lettura! (Piergiorgio Seveso)

Nota de Radio Spada: Continúa como siempre su colaboración con Radio Spada el muy querido amigo Juan Diego Ortega Santana, propietario del blog sicutoves.blogspot.com. Esta es la primera columna de radiospadistas dedicada a la audiencia española e hispana que nos ha estado siguiendo durante años con gran simpatía y afecto. Un sincero agradecimiento a mi amigo Juan Diego, un verdadero católico integral, que en muchas ocasiones ha sido testigo de su afecto y estima. ¡Ora por él! ¡Feliz lectura! (Piergiorgio Seveso)

Centenario de la entrada en el Cielo de Jacinta Marto, Vidente de Nuestra Señora de Fátima

“…Dile a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio de ese Corazón Inmaculado; que se las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a Su lado se venere el Corazón de María. Que pidan la paz a este Inmaculado Corazón porque Dios se la entregó a Ella…”  Palabras de Jacinta de Jesús Marto a su prima Lucía Dos Santos

 Jacinta de Jesús Marto nació en el pueblo de Aljustrel, Fátima, el 11 de Marzo de 1910, y fue bautizada ocho días más tarde. 

               Creció en un hogar sencillo, más bien pobre, pero muy cristiano. La Divina Providencia dispuso que con apenas siete años, el 13 de Mayo de 1917, fuera una de las videntes de Nuestra Señora junto a su hermano Francisco y su prima Lucía; era ésta última la única que dialogaba con Nuestra Señora, mientras que Jacinta la veía y escuchaba; en el caso de Francisco, tan sólo veía a la Virgen, pero no la escuchaba, de ahí el ruego de Nuestra Señora “a Francisco sí se lo podéis decir…”

               Cayó enferma en Diciembre de 1918 a causa de una epidemia de neumonía, que obligó a internarla en el Hospital de Vila Nova de Ourém; después, del 21 de Enero al 2 de Febrero de 1920, estuvo en el Orfanato de Nuestra Señora de los Milagros, en la Calle de Estrella, en Lisboa, casa fundada por la Señora María Godinho, a quien Jacinta llamaba cariñosamente “Madrina”, y a quien confiaría muchas revelaciones de parte de Nuestra Señora.

              Cuando empeoró su salud la trasladaron a Lisboa, al hospital de Doña Estefanía, donde el día 20 de Febrero de 1920 -justo hace hoy cien años- alrededor de las 6 de la tarde, avisó que se sentía mal y pidió los últimos Sacramentos. Hizo confesión con el Padre Pereira dos Reis. A las 10:30 de la noche, la Virgen vino a buscarla como le había prometido… aún no tenía los 10 años.

               La Santa Misa de cuerpo presente se ofició en la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, en Lisboa, donde su cadáver estuvo depositado hasta el día 24, sin mostrar síntomas de descomposición ni emitir mal olor. Su virginal cuerpo sería transportado a una urna hasta el sepulcro de familia del Barón de Alvaiázere, en el cementerio de Vila Nova de Ourém. Posteriormente, trasladarían a la pastorcita al cementerio de Fátima el 12 de Septiembre de 1935, fecha en que la urna fue abierta, comprobando que se encontraba incorrupta .

               El 1 de Mayo de 1951 los restos mortales de Jacinta fueron finalmente inhumados en la Basílica del Santuario de Fátima, donde hasta el día de hoy reposan junto a los de su hermano Francisco. 


“Jacinta tenía un porte siempre serio, modesto y afable, que parecía manifestar la presencia de Dios en todos sus actos, propio de las personas ya avanzadas en edad y de gran virtud. Nunca le vi la levedad en demasía ni el entusiasmo propio de los niños por los adornos y los juegos (esto después de las apariciones). No puedo decir que los otros niños corriesen para estar junto a ella, como hacían para estar junto a mí. Esto tal vez se debía a que ella no sabía tantos cantos e historietas para enseñarles y entretenerlos, o porque la seriedad de su porte era muy superior a su edad. Si en su presencia algún niño, o incluso personas grandes,decían algo o hacían alguna acción menos conveniente, las reprendía, diciendo: “No hagan eso, que ofenden a Dios Nuestro Señor. ¡Y Él ya está tan ofendido! (…)”
Memorias de Sor Lucía Dos Santos

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