Nota di Radio Spada: continua come sempre la sua collaborazione con Radio Spada il carissimo amico Juan Diego Ortega Santana, titolare del blog sicutoves.blogspot.com. Si tratta della prima rubrica radiospadista dedicata al pubblico spagnolo e ispanofono che ci segue da anni con grande simpatia ed affetto. Un sentito ringraziamento all’amico Juan Diego, vero cattolico integrale,  che in molte occasioni ci ha testimoniato il suo affetto e la sua stima. Pregate per Lui. Buona lettura! (Piergiorgio Seveso)

Nota de Radio Spada: Continúa como siempre su colaboración con Radio Spada el muy querido amigo Juan Diego Ortega Santana, propietario del blog sicutoves.blogspot.com. Esta es la primera columna de radiospadistas dedicada a la audiencia española e hispana que nos ha estado siguiendo durante años con gran simpatía y afecto. Un sincero agradecimiento a mi amigo Juan Diego, un verdadero católico integral, que en muchas ocasiones ha sido testigo de su afecto y estima. ¡Ora por él! ¡Feliz lectura! (Piergiorgio Seveso)

“JESÚS CRUCIFICADO FUE LA CAUSA DE LA BELLEZA DE NUESTRAS ALMAS…”

MEDITACIONES DIARIAS PARA LA SEMANA SANTA
“Mira a menudo y contempla la imagen de Jesús Crucificado…”
Por San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia

Aparece en el Calvario tan desfigurado por los tormentos, que causa horror al que lo contempla, si bien tal deformidad lo torna más bello a vista de las almas amantes, porque las Llagas y las carnes, lívidas y desgarradas, son otras tantas pruebas y demostraciones del amor que nos tiene. Petrucci cantó: «Al veros, Señor, tan maltratado por los verdugos, los corazones amantes os tienen por más hermoso cuanto más deformado os contemplen»

             San Agustín dice que la fealdad de Cristo es nuestra hermosura; y, en efecto, la deformidad de Jesús Crucificado fue causa de la belleza de nuestras almas, que, antes deformes y luego lavadas con la Divina Sangre: “Estos que andan vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son?, y responde: Estos son los que vienen de la gran tribulación y lavaron sus vestidos y las blanquearon con la sangre del Cordero…” Todos los Santos, como hijos de Adán, excepción hecha de la Santísima Virgen María, estuvieron durante algún tiempo cubiertos con el manto de la culpa de Adán y de los personales pecados; mas, una vez purificados con la Sangre del Cordero, tornáronse hermosos y agradables a los Ojos de Dios. 

              Razón tuvisteis, Jesús mío, para decir que, cuando fueseis levantado en alto de la Cruz, atraeríais a Vos todas las cosas. Sí, porque nada habéis omitido para atraeros el afecto de todos los corazones. Y ¡cuántas y cuántas felicísimas almas, al veros Crucificado y muerto por su amor, lo abandonaron todo, riquezas, dignidades, patria y parientes, y desafiaron los tormentos y la muerte, para entregarse del todo a Vos! ¡Desventurados los que resisten a la gracia que les ganasteis con tantas fatigas y dolores! Este será su mayor tormento en el infierno: haber tenido un Dios que, para conquistarse su amor, murió en una Cruz y que ellos espontáneamente quisieron perderse, sin esperanza de remedio, por toda una Eternidad. 

              ¡Ah, Redentor mío!, después de las ofensas que os causé merecía haber caído en tamaña desgracia. ¡Qué de veces resistí a vuestros llamamientos amorosos y a los esfuerzos que hacíais para cautivarme con los lazos de vuestro Amor! ¡Ojalá hubiera muerto antes de ofenderos por primera vez! ¡Ojalá os hubiera amado siempre! Gracias, Amor mío, por haberme llamado con tanta insistencia, en lugar de abandonarme, como tenía merecido; gracias por las luces e impulsos amorosos que me habéis infundido. Las gracias del Señor contaré siempre. Por favor, no ceséis, Salvador mío y esperanza mía, de continuar cautivándome con vuestras gracias, para que os pueda amar en el Cielo con más fervor, recordando tantas misericordias como habéis usado conmigo, después de tantos disgustos como os he causado. Todo lo espero de aquella Preciosa Sangre por mí derramada y de la afrentosa Muerte que habéis por mí padecido. 

              ¡Oh Santísima Virgen María!, protegedme y rogad a Jesús por mí.